El Reflejado.
Un microrrelato de Israel Guerra
Rolfredo Sebastián III, el Reflejado, mandó colocar espejos por todo el
palacio, cientos, miles y los distribuyó por todos lados, en el suelo y en el
techo, en la oficina y en la cocina, en el teatro y en el jardín.
No quería ni un solo palmo de pared
sin uno de aquellos cristales perfectos en los que tanto ansiaba mirarse.
Le gustaba verse, era evidente, y
nunca lo negó. Quería sentir su presencia constantemente, rodeándolo, en todas
las posiciones, desde todos los ángulos y perspectivas.
Ordenaba abandonar el palacio para
contemplarse en la soledad, sin ninguna otra forma humana que lo eclipsase.
Le entusiasmaba observarse, ver cómo
los infinitos Rolfredos de su reflejo obedecían instantáneamente sus
movimientos y gestos.
Fue más una
intuición que una clara observación, pero notó la diferencia: uno de sus yoes
en uno de sus reflejos era distinto. Levemente, pero lo vio.
Se acercó con curiosidad, mirando
fijamente todos los detalles de su figura. Algo no cuadraba, no sabía exactamente
qué, pero en ese reflejo, en ese concretamente al que se acercaba, algo no era
exactamente igual.
No fue hasta que lo tuvo pegado a su
nariz, cuando inequívocamente supo que su propio aliento llegaba al espejo con
décimas de atraso.
Entonces comprendió. Y no se extrañó
cuando su reflejo se giró y, con paso decidido, abandonó la sala y cerró la
puerta.
No se sorprendió cuando su cuerpo, al
igual que el resto de infinitos Rolfredos de aquella sala desaparecían
instantáneamente.
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